II
A las diez de la mañana sonó el móvil, Shandy lo buscó con los ojos todavía cerrados. De fondo se escuchaba la lluvia caer con fuerza sobre la pradera haciendo que el ambiente oliera a hierba mojada. El olor era muy agradable, así que respiró hondo y sonrió pensando en los paseos por el campo junto a su padre, un amante del campo.
—Maldito teléfono. —Masculló cuando logró encontrarlo.
Contestó: era Charlie, con esa voz fuerte que reconocería a miles de kilómetros.
—Buenos días, dormilón.
—No me vaciles, ya sabes que no me gusta. —Se rascó la cabeza- ¿Qué quieres?
—Tienes que ver esto, tío, seguro que te gustará. —Parecía extasiado.
El joven de pelo marrón abrió los ojos y se sentó con cuidado para no despertar a Elena.
— ¿Qué pasa?
—Lo de siempre, nuestro asesino ha vuelto a atacar. Apunta la dirección y mueve el culo.
—Espera, espera.
Dejó el móvil en el reposacabezas del sofá y corrió hacia la cocina para coger un bolígrafo y papel, pero no había en su libreta. Cansado recorrió todas las estancias de la casa, seguro de que el alegre Charlie estaba suspirando impaciente.
En la habitación encontró lo que buscaba y con cara de enfado se sentó en el sofá y alzó el móvil hacia su oído. Apuntó la dirección con su bonita letra y colgó con un “nos vemos”.
Anduvo hacia la ducha y se metió debajo, el agua templada le hacía pensar al tiempo que le calmaba los agarrotados huesos.
Unos minutos después ya bajaba las escaleras vestido de uniforme. Al llegar a la puerta abrió el negro paraguas mientras llovía a mares, toda la calle estaba mojada y muy resbaladiza. Se miró las botas y suspiró poniendo una mueca de enfado.
Cuando estuvo al lado del coche le dio al botón y abrió la puerta, corrió a refugiarse. Se apoyó contra el volante unos segundos, su estómago estaba revuelto y temía que iba a vomitar. Pronto se repuso y arrancó después de poner el CD de Judas Priest.
Bajó tres calles y salió por la autovía, tarareaba la canción que sonaba fuerte y miró hacia atrás, las luces de los coches le hacían daño en los ojos. El limpiaparabrisas dejaba ver la oscura carretera, giró por la tercera salida.
Pronto, entre la negrura de las calles se vio una luz azul y muchos coches de policía, los agentes esperaban tomándose unos cafés y unos donuts en cajas.
Aparcó en el callejón y bajó, rápidamente Charlie le tapó con su paraguas.
—Gracias. ¿Qué tenemos hoy?
—Es un varón, treinta y pocos. Le cortaron el cuello, pero hay más… —Miró hacia el cuerpo.
Le llevó hacia el cuerpo que yacía tirado boca arriba, estaba tapado con una sábana blanca. Tres chicos cubrían el cuerpo con un paraguas, el agente se agachó y corrió la tela.
— ¿Qué? —El joven palideció y notó cómo su estómago se volvía a revolver.
—Sí… le arrancaron el corazón cuando todavía estaba vivo.
—Madre mía.
—La cuchillada en el cuello acabó con su vida pero el corazón se lo cercenó cuando estaba vivito y coleando.
El agujero del pecho era perfecto, como si lo hubiera hecho un cirujano, aunque se había olvidado de suturar la herida.
—Parece cirujano el tío. —Se tocó la barbilla.
—Eso pensamos todos, pero hay miles de cirujanos en la ciudad.
—A ver qué nos dice Tom.
—Se fue de vacaciones, ahora hay un sustituto. Espero que sea tan bueno como Tomcillo. —Rió fuertemente dándole una palmada en la espalda a Shandy.
Pronto levantaron el cadáver y fueron hacia la comisaría central. Al entrar todos le saludaron y un hombre extraño le dio un donut.
— ¿Quién es?
La joven recepcionista puso una mueca de confusión y se limitó a levantar los hombros señal de que no sabía nada.
—Es el forense del que te hablaba. —Concluyó Charlie.
—Ahhh, parece buen tío.
Entraron los dos en el ascensor, y pulsaron el botón menos uno para bajar. El elevador abrió sus puertas con un leve chirrido, caminaron por el largo pasillo y abrieron la puerta de la morgue.
El hombre miró hacia ellos y sonrió. Francamente, tenía una sonrisa radiante.
—Hola, soy Shandy. —Se saludaron con un formal apretón de manos.
—Charlie, para servirle. Es decir, si usted quiere. —Dijo, con una sonrisa pícara en su rostro.
—Ya deben saber quién soy, ¿Cierto?
—No, lo siento. —Se burló Charlie.
—No importa. Mi nombre es Ivo.
Shandy observó al hombre, era muy extraño pero parecía afable. Sus piernas eran largas, tenía una barriga muy pronunciada. Su cara era redonda, unas gafas bastante oscuras cubrían sus ojos, la nariz era de un tono rosáceo y su boca extremadamente grande.
Debajo de la nariz y por encima de la boca tenía un bigote poblado rubio.
La puerta del habitáculo se volvió a abrir, unos jóvenes llevaban una camilla metálica: seguramente allí estaba el cuerpo de la nueva victima del asesino del bisturí.
Lo puso en la camilla, sacó una sábana y le tapó las piernas. Lo primero que hizo fue olerlo.
—Huele a humedad… a cerrado.
— ¿Cómo?
—Pues eso, que huele a humedad. Seguro que ha estado o le mataron en un bajo o al lado de algo mojado.
Shandy abrió los ojos, nunca había visto a alguien hacer eso; sonrió y se preocupó a la vez.
Parecía un tipo interesante.
Esta obra está bajo una licencia Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España de Creative Commons.
Para ver una copia de esta licencia clikea en el botón de abajo:


